- Hasta 3 días sentados en urgencias y más de 6 meses esperando por cirugías, así sobreviven pacientes al abandono.
Pacientes olvidados y familias resistiendo a la intemperie marcan la jornada en un hospital sin insumos donde la «solución» recae en el bolsillo del ciudadano. Ante la falta de respuesta institucional, la brecha entre el discurso y la realidad evidencia un sistema selectivo: ¿quiénes son los pocos que realmente importan?
Por: Manuel Gonzalez Mx
TAMPICO, TAM.- La crisis en el hospital Carlos Canseco de Tampico ha alcanzado niveles alarmantes, lo que ocurre en este hospital no es un caso aislado, es un foco rojo donde el humanismo contrasta con el déficit institucional bajo la administración del Dr. Joaquin Juarez Duran; donde el sistema de salud pública muestra su peor cara: saturación, desabasto, decisiones restrictivas y pacientes obligados a pagar por soluciones, normogoteros, gasas y hasta el material de cirugía.
El hospital Canseco opera bajo un convenio con el Instituto mexicano del Seguro Social bajo el esquema IMSS-Bienestar, lo cual lo convierte en una pieza clave para la atención de pacientes provenientes de toda la región sur de Tamaulipas, norte de Veracruz y poblados limítrofes con San Luis Potosi, especialmente de zonas donde los hospitales básicos carecen de capacidad resolutiva.
Por años hablar del Hospital Canseco fue sinónimo de atención y humanismo, sin embargo, hoy ese papel está en entredicho.
COLAPSADA EL ÁREA DE URGENCIAS.
Pacientes esperan más de 72 horas sentados antes de acceder a una cama. No hay espacio. No hay flujo. No hay respuesta inmediata.
En el área de urgencias de este hospital público, enfermarse puede convertirse en una condena. Pacientes esperan más de 3 días sentados en sillas metálicas, sin cama, sin diagnóstico claro y, en muchos casos, sin la certeza de ser atendidos a tiempo, mientras que familiares de médicos y enfermeras tienen prioridad inmediata.
El aire es pesado. El cansancio se acumula en los cuerpos doblados, en los ojos que no han dormido, en las manos que aprietan recetas médicas sin surtir. Aquí, el dolor no tiene turno prioritario.
Una investigación de campo confirma lo que muchos denuncian en silencio: el sistema está rebasado.
Y cuando finalmente hay espacios, no se garantiza la atención.
EL SIGUIENTE OBSTÁCULO ES CRÍTICO: NO HAY INSUMOS.
Cirugías detenidas, procedimientos postergados, diagnósticos sin seguimiento. De acuerdo con testimonios recabados, pacientes acumulan meses en espera de intervenciones que no se realizan por falta de material quirúrgico.
La magnitud del problema es evidente: las camas en urgencias son insuficientes y cuando finalmente se libera un espacio, el calvario apenas comienza. Pacientes deben esperar semanas, incluso meses, para ser intervenidos quirúrgicamente debido a la falta de material médico.
Médicos internos, bajo condición de anonimato, confirmaron que existen casos de personas con más de seis meses en espera de una cirugía. “Algunos somos pasantes, otros residentes, pero no podemos autorizar procedimientos. Todo depende de un superior, muchos trabajan en hospitales públicos o privados de la zona”, señalaron, evidenciando una cadena de responsabilidad que diluye la toma de decisiones urgentes.
Mientras tanto, los pacientes —muchos de escasos recursos— continúan gastando lo poco que tienen en traslados y consultas, con la esperanza de recibir una solución que rara vez llega.
LA SOLUCIÓN… ESA ES ASUNTO DE LOS FAMILIARES.
Familiares denuncian que deben adquirir por su cuenta desde insumos básicos —como material de curación— hasta equipo necesario para intervenciones quirúrgicas: batas, instrumental e incluso dispositivos especializados.
El sistema público, en los hechos, se vuelve de pago.
“Si no lo compras, no avanza”, resume un familiar.
Mientras tanto, los pacientes hacen lo imposible para no abandonar la esperanza. Venden pertenencias, piden dinero prestado, viajan largas distancias. Llegan con la ilusión de una cirugía que podría salvarlos… y se encuentran con una promesa vacía.
Mientras tanto, médicos internos confirman la parálisis operativa: “No es que no se quiera atender. Es que no hay con qué, y no podemos autorizar sin superiores”.
“Hay pacientes con más de seis meses aquí”, confiesa un médico interno. Su voz es baja, pero la indignación es evidente. “Nosotros no podemos hacer nada. Somos pasantes. Todo lo decide un superior”.
LA ÉTICA MÉDICA
El desentendimiento médico ha cruzado la línea de la ética en los pasillos de este hospital. No se trata solo de la falta de insumos, sino de una negligencia que deja huellas físicas. Por ejemplo, pacientes que ingresaron por Cancer a pesar de tener esperanza de vida, deben ser liberados los espacios bajo orden de ser desahuciados porque simplemente son una carga institucional, mientras que pacientes por traumatismos hoy enfrentan deformidades en sus huesos, pues tras ser dados de alta, el interés y el seguimiento clínico desapareció. Esta desconexión surge desde el momento en que acomodan mal un miembro como brazos o piernas y en lugar de enmendar errores son enviados a una larga espera provocando que secuelas tratables se conviertan en discapacidades permanentes, evidenciando que, una vez que el paciente deja la cama, deja también de importarles a sus tratantes.
LA RESPUESTA INSTITUCIONAL NO OFRECE CONSUELO.
El director del hospital, Dr. Joaquin Juarez Duran, al ser confrontado, admite sin rodeos la incapacidad del sistema: “Tenemos demasiados pacientes. Nos saturan hasta los baños. Muchos deberían regresar a sus estados, incluso si son de Altamira o de Aldama pues váyanse al Torre Cantu y los de Veracruz allá que les construya su gobierno”.
Días después, anuncia un “plan emergente”. La medida: cerrar la puerta a los foráneos. “El hospital será para los locales”, dicta el comunicado.
La dirección del hospital ha reconocido la saturación, pero ha optado por una medida que ha encendido la polémica: restringir la atención a pacientes foráneos con el argumento oficial de un equipo descompuesto.
En un comunicado reciente, se anunció que el hospital priorizará a población local, pese a su obligación de atender a nivel regional bajo convenio con el Gobierno Federal.
La decisión no solo contradice su función dentro del sistema de salud: redefine, en la práctica, quién tiene derecho a ser atendido.
LA REALIDAD NO ESPERA COMUNICADOS.
El frío llegó antes que las soluciones.
A las afueras del hospital, bajo temperaturas bajas de hace unos días y sin resguardo, el familiar de un paciente murió. murió esperando. Murió porque no había un espacio adentro. Murió porque alguien decidió que debía quedarse afuera.
Murió sin ingresar.
Murió fuera del sistema que debía protegerlo.
EL CONTRASTE CON EL DISCURSO INSTITUCIONAL ES EVIDENTE.
Mientras las denuncias se acumulan, la dirección mantiene una narrativa pública centrada en el esfuerzo y la cercanía social. Pero en el hospital, la realidad es otra: pacientes esperando días, cirugías detenidas durante meses y familias absorbiendo costos que el sistema no cubre.
A esto se suma una preocupación creciente entre usuarios y personal: la falta de gestión efectiva en un hospital que, pese a contar con especialistas reconocidos, no logra traducir su capacidad médica en atención real.
Y mientras esto ocurre, en redes sociales, el mismo director construye otra narrativa: publicaciones donde presume cercanía, donde asegura haber sido paciente del mismo hospital tras sufrir un infarto al miocardio, proyectando una imagen de empatía que no coincide con lo que sucede dentro.
LA CONTRADICCIÓN ES BRUTAL.
Adentro, pacientes olvidados.
Afuera, familias resistiendo el clima.
En redes sociales, discursos de humanidad.
La pregunta ya no es incómoda. Es urgente:
¿Quién sí recibe atención inmediata?
¿Quién sí tiene cama, insumos, cirugía?
¿Quién sí importa?

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